Se quedó pensando en las palabras de "él".
Casi hipnotizada por el momento, se puso delante del espejo,
se enfrentó a una mirada cansada, pero inquisidora
y repetía incesante: - "me ha comparado con una Geisha".
Pasaba sus dedos con delicadeza por esos labios pequeños,
imaginando unos labios rojo intenso
intentando parecer pétalo en flor,
un sutil pimpollo de su boca.
Tocaba su pelo encrespado,
a la vez, pensaba en la carencia del parecido al azabache.
Acariciaba su rostro, menudo, desdeñable, marcando edad;
Ese tacto, le insinuó claramente que no llegaría a ser óvalo perfecto,
con una tez inmaculada, de blanco, con ese toque de porcelana.
Suspiró...
Inmersa en semejante ritual versado de su cuerpo,
perseverante en descubrirse, verificando su semblante.
Su mano recorría la linea aun firme de su cuello, su escote,
mezclando la lentitud de sus movimientos con vagantes reflexiones.
-¿Tendría la misma esbeltez y finura que marca la sensualidad?, se preguntaba.
Procedía como si perfilara el "kimono" que llevaba puesto en sus pensamientos;
ella misma proyectaba en segundos un concepto erroneo de si misma.
No podía dejar de tocar su ropa,
la rozaba, la arrullaba como si de seda se tratase;
abrumada por la disciplina conocedora del arte
duelo ceremonial, titanes enmascarados, té, política, literatura...
Conducta minuciosa, gran porte, intelecto sin límite
subordinada de su propio talento, de su creación,
hermosa marioneta con licencia de lujo.
Los rasgos, secuela de un aprendizaje,
exentos de mostrar sentimiento alguno
ideograma chino, arte y persona,
belleza obvia exquisitamente secundaria ....
Suspiró de nuevo....
"Ella" volvió a besar su rostro con la punta de sus dedos,
continuaba abstraída en esa cultura oriental que la fascinaba.
¿Quería decir "él" que no la encontraba lo suficientemente bella?
Su mente emigraba al Japón feudal,
su sensación, convertirse en un enser valioso,
si ni siquiera tenía rasgos de esfinge.
Ni tan solo era erudíta en el diálogo.
"Ella" jamas podría navegar en las horas ornamentándose,
odiaba el maquillaje, era amante del minimalismo.
Se barajaba una fascinación milenaria con la simplicidad.
¿Que quería decirle?, ¿tal vez que era una especie de cortesana?
O ciertamente "él" sabía como era una verdadera "Geisha",
cuando se crecía al nombrarla a "ella" la mejor.
La confusión, la osadía la hicieron afligir en un instante.
Sin dejar de contemplarse en el espejo, repudió la comparación.
Se percató de la imagen absurda que reflectaba el espejo,
llevaba puesto aún el delantal de cocina,
el pelo revuelto y desgreñado por el calor
y el sudor pegado de su único ritual existente, los fogones.
En sus bolsillos, retazos de su vida familiar.
La máxima elegancia en aquel momento,
sus "pantuflas" de andar por casa.
La comparó con una "Geisha" por primera vez
y "ella" se quedó con la perplejidad de un "porque".
En la penumbra de aquella sobria habitación,
se alumbraba la figura de una doncella con cara de Pierrot,
una mirada perdida, un enigma, fascinación...
mientras "ella", en su auténtico patrón, incoherente y silenciosa
se guarecia en la oscuridad;
en los recovecos de esa misma penumbra,
en la que no se sabia encontrar.
No descubria su cometido y lo dejó todo al azar
Y aquella lágrima amarga que la hizo pisar la realidad,
quebró su sonrisa, su identidad....
Cuántas veces hemos necesitado de esa persona que con sus palabras despierta a esa "Geisha" que llevamos dentro.
ResponderEliminarHay una canción de Pedro Guerra "Lazos" que describe tan bien como tú ese tipo de... ¿despertar?
Muy bien descrito. Felicidades
Gracias Abril.
ResponderEliminar"Lazos" es una canción preciosa.
Tal vez "ella" no queria despertar o tal vez no queria que la compararan. Queda un interrogante :)