Temieron perderse en la grieta que había dejado su ruptura un mes antes. Inconscientemente lo intuyeron y buscaron el refugio de la buhardilla. Su buhardilla, testigo mudo de sus apasionados encuentros. Además, pensó Ella, era el lugar ideal para vaciar su enfado que se había empezado a hacer patente en la terraza del bar que hay junto al mercado del pueblo. La vehemencia con que expresaba sus sentimientos no era bueno airearla en un lugar público. Demasiado peligroso para una mujer casada, aunque se tratase de un monumental cabreo.
El desván era un lugar seguro y tranquilo. Alejados del ruido y de las miradas ajenas podrían hablar. Cuando se quedaron solos en aquél lugar, el silencio se hizo tan denso que se podía escuchar el silbido de la brisa caliente al colarse por el ventanuco del tejado. Fue Ella quién lo rompió a pesar de que se daba cuenta que su voz se entrecortaba. Pero quería expresarle sus sentimientos así que, tragó saliva con esfuerzo como si eso ayudase a que las palabras resbalasen en su boca para seguir el curso de un manantial imaginario que desembocase en un mar de tranquilidad. Pero parecía perdida en sus contradicciones: quería aparentar dureza pero anhelaba besarle y rodearle con sus brazos.
Le costaba avanzar, sus palabras aparecían a trompicones. Bajó la mirada como buscando otras más adecuadas, palabras perdidas aunque ahora, el problema, eran sus ojos llenos de pequeñas lagunas. No quería derrumbarse. Era un lujo que no se podía permitir y se encontró luchando contra esa envolvente sensación de angustia que la empujaba a llorar. Le apetecía llorar. Llorar y desahogarse sin control. Deseaba gritarle que lo amaba. El nunca la había visto con lágrimas en los ojos. La creía fría, distante e inmune a los amoríos. A aquél amor.
Solo hizo falta un simple roce de manos para que estallara en su interior ese sentimiento tan fuerte que Ella sabía que le pertenecía a él… ¿Y él lo sabía?
Palabras y más palabras llenaban la pequeña buhardilla. Se fue fundiendo el hielo entre los dos. Venció la pasión y el deseo a la ironía. Piel a piel. Fuego intenso.
Las esclusas del tiempo se derrumbaban y saboreaban esos momentos como lo hace un sumiller con el vino regio. Volvió a sentirlo de nuevo, a endulzarse con el sabor de su piel. A empaparse de él. Las miradas se enlazaban, se penetraban una en otra y la otra en la una buscando estar así para siempre. Ella se vio en la mirada de él y le leyó el pensamiento: El creía solo en su vacío y Ella en un nuevo inicio.
La buhardilla , una maquina del tiempo...
Volvió la cabeza para ver cómo se alejaba entre puestos de mercado, gente deambulando, carros, gritos, bocinas, una vida de pueblo.....
En esos instantes supo que el reflejo de su mirada no mentía y una última lágrima rozó la linea curva de su mejilla hasta el resueno de un mutismo derramado.